Story and illustrations by  Ia Uaro.

Humour. Socio fiction. Coming-of-age. Love story.

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Sydney's Song

2013 Finalist in Humor

Principios de noviembre de 1999

—Así es como se hace trampa utilizando una tarjeta Travelpass Orange— una voz irlandesa interrumpió mis pensamientos sombríos.

Yo estaba de pie, apoyada contra la pared en el exterior del Club de la Liga Asquith en Waitara, donde mis sesiones de aprendizaje para el centro de llamadas dirigidas al transporte público de Sydney se llevaban a cabo. Este era el segundo lunes de mi entrenamiento en el trabajo. Apenas puedo contarte sobre la primera semana. No recuerdo mucho. Mis padres me habían abandonado. El trauma me hizo despreocuparme de mi entorno. No me daba cuenta de las cosas.

 

Mirando atrás, etiquetaría este período como “La vida como una Zombi”; Los Muertos Vivientes. Cuando mis mejores amigas Lucy y Brenna estaban en el Paraíso de los Surfers de Queensland, en la fiesta de ex alumnos ​​de la escuela, arrasando en la pista de baile con el tema “Camina Como Un Egipcio”; Yo Anduve Como una Zombi.

 

Mi perra Dimity era el amor de mi vida. Pero ella estaba en casa. Y yo estaba atrapada aquí, aprendiendo. No podía tener todavía una opinión acerca de ese trabajo. La mayor parte del tiempo mi mente no estaba allí.

 

La empresa con la que firmé era una filial de un centro de llamadas estadounidense. Acababan de cerrar su primer gran contrato en Australia. Uno gubernamental. Nuestro trabajo sería manejar sistemas de información de transporte integrados dentro del Gran Sydney – un área bordeada por Lithgow, Port Stephens, Goulburn y Nowra, que tenía dos millones de viajes de transporte público al día. Introduciríamos las peticiones en nuestra computadora y nos escupiría las respuestas.

 

Hasta ese momento me había olvidado bastante de mis colegas. Vagamente sabía que eran un grupo de jóvenes alborotadores. Y de muchos vejestorios agradables. Esas fueron mis primeras impresiones sobre ellos. Yo no sospechaba para nada del papel tan grande que jugarían en mi vida muy poco después.

 

Ese día, antes de la formación, algunos charlábamos fuera. Me quedé en silencio, llevando gafas de sol oscuras, tratando de ocultar mis ojos sólo en el caso de que brotaran lágrimas, cosa que era frecuente después de mis últimos acontecimientos. Pero los chavales mochileros estaban horrorosamente alegres en esa luminosa y bella mañana australiana.

 

Varias voces masculinas con acentos británicos respondieron a la chica irlandesa. Alrededor de un tercio de los nuevos reclutas no tenían acentos australianos,  muchos de ellos con la mochila al hombro. Me volví a mirarlos. Antes de ese día, yo apenas me había fijado en esos chicos. Por alguna razón, tal vez debido a esa imponente chica irlandesa, yo los miraba entonces. La chica pelirroja estaba en pleno proceso de presentar una tesis sobre cómo hacer trampa utilizando una tarjeta Travelpass Orange.

 

—Tienes que asegurarte de subir al autobús sólo cuando hay otros pasajeros— apuntó ella—.Debes mostrar el billete cuando subas al autobús, así el conductor lo verá en tu mano. A continuación, dejarás que otras personas pasen sus billetes por la máquina mientras caminas hacia la parte trasera del autobús sin dejar de mostrarlo. El conductor no notará si introduces el billete en la máquina o no.

 

Todos se aferraban a cada una de sus palabras con miradas hipnóticas en sus rostros. Tal vez ellos estuvieran interesados ​​en lo que decía, intentando ahorrar unos pocos centavos de su dinero duramente ganado, o tal vez estaban interesados ​​en ella.

 

—Así que un billete te lleva de Lane Cove a la ciudad, a Bondi Beach, a Manly y a Narrabeen— concluyó—.En autobús y en ferry ilimitadamente.

 

—Sin embargo, un inspector puede aparecer—, apuntó un británico— ¡Comprobará las marcas impresas en la parte de atrás!

 

—Esa es una Travelten— la chica le dijo despreocupadamente—. Con una Travelpass, comprada a un vendedor de periódicos, no te meterás en problemas porque no se imprime la fecha del primer uso.

 

—¿Estás tan desesperada?— un acento americano. Un chico guapo de pelo negro—¿Estás realmente utilizando el mismo billete semana tras semana?

 

—Joder— se crispó la chica—, odio cuando te pones santurrón. ¿Nunca, nunca has estado sin blanca? ¡Ahora también tengo que comprar un billete de tren semanal de St. Leonards a Hornsby!— Ella se volvió hacia los otros chicos—.Hay veces que ni siquiera podemos permitirnos alcohol, y eso es peor, ¿no es así?

 

Hubo un coro de asentimiento.

 

Me pregunté qué se siente al ser esta chica. Para ser tan confiada y tranquila. Para tener una vida interesante que al parecer disfrutaba. Viajar. Beber. Hacer trampa. Ni una preocupación en el mundo. Tal vez debería tener una vida. Ahorrar un poco de dinero y unirme a Alex, uno de mis mejores amigos, mochila al hombro dondequiera que sea. Nadie me echaría de menos todos modos.

 

Este pensamiento me deprimió más. Distraída, seguí a mis compañeros de trabajo hasta la sala de aprendizaje.

 

—Hueles muy bien— comentó una joven a mi izquierda.

Me volví hacia ella con un sobresalto. Era la chica irlandesa—¿Perdona? ¿Qué me dijiste?

—Woolgathering, ¿verdad?— sonrió ella—¿Así que temprano por la mañana?

—Lo siento. Sí. Supongo. Me había perdido.

 

Su sonrisa se amplió – una sonrisa cautivadora que llegó a sus ojos y produjo un hoyuelo muy profundo en la mejilla derecha. Tenía los dientes limpios, no muy blancos; el pelo rizado, rojo brillante sujeto con una trenza y un adorno como un palillo en la parte posterior, y lindas, pequeñas pecas en su graciosa nariz respingona. Los ojos azules.

 

—Soy Sinead— se presentó—.De Dublin.

—Sí. Me di cuenta del acento.

—Yo te vi afuera. Con las gafas de sol oscuras. Haciendo lo posible para parecer distante e inaccesible.

 

Me atraganté. ¡Si ella supiera por qué!—Nada de eso. Yo – yo soy Sydney.

—Hola Sydney. Hueles muy bien— ella inhaló—. Muy sutil. Eres buena eligiendo perfume.

—Yo no— me puse nerviosa—.Mamá. Ella sabe ese tipo de cosas.

—¡Oh bendita!

—Así que, ¿estás viajando? ¿Qué te parece Australia?

 

—¡Magnífica! Yo amo Australia— ella besó sus dedos, lanzando un beso—.Es toda una educación. Trabajamos y viajamos—. Hizo un gesto hacia sus compañeros mochileros, algunos de los cuales se sentaron cerca.—Este es Pete. Es de Boston. Le conocí cuando trabajaba en Mt Buller. Éramos instructores de esquí el invierno pasado. Y ese es Lindsay de Londres. Le conocí mientras Pete y yo estábamos plantando pequeños árboles de pino para el Departamento Forestal alrededor de Tumut. ¿Sabes dónde está?

 

Negué con la cabeza.

 

—¿Conoces las manzanas de Batlow? Tumut es un pequeño lugar cerca de Batlow. Bueno, vuestra gente forestal plantó nuevos árboles de pino en las montañas ahí, al final del invierno. Dios, ¡hacía tanto frío! Pero el dinero era bueno. Una pena por el trabajo, pero el equipo se trasladó a trabajar a la Isla Kangaroo. Un lugar demasiado remoto para mí para ir…— su voz sonaba melancólica—Luego nos dirigimos hacia el norte. Aunque es difícil conseguir un empleo. Hemos estado gastando y gastando. Hasta este trabajo.

 

—Así que ¿estarás en el 1-300-500 para los Juegos Olímpicos de Sydney?

 

—No, no, no. Nosotros los mochileros somos temporeros. Casuales. Nos contrataron para apoyar la apertura del centro de Hornsby 1-300-500. Ellos estimaron que ayudaremos durante los primeros tres meses. El plan es que, cuando los empleados permanentes obtengan algo de experiencia y velocidad, los temporeros seremos despedidos

 

—¿Tendrás que encontrar otro trabajo?

—No aquí. Hará frío. ¿Qué sentido tiene estar en Australia si no pasamos calor? Ya he tenido bastante frío en Mt Buller y Tumut. Y demonios, ¡soy de Irlanda! Iré a la luz del sol. A Queensland.

 

A continuación tuvimos que callar porque el entrenador, el siempre de buen humor Matt, comenzó a hablar.

 

—La mayoría de las calles internas de un suburbio están diseñadas para conseguir un autobús cada media hora. Así que cuando llegan al corredor principal en su camino a la ciudad, su frecuencia combinada es cada cinco minutos. Pensad en ello como si fueran pequeños arroyos que desembocan en un río.

 

 

 

Almorcé con Sinead en la cafetería del Club de la Liga. Tomé un sandwich de pavo. Ella comió patatas fritas calientes y nada más.

 

—Cuando viajas tienes que ser muy cuidadoso con tus gastos—, explicó. Bien. Era como si comprar algo para tomarlo con las patatas, le dejaría menos fondos para gastar en bebida—¿Eres de por aquí?

 

—Sí. De Beecroft. He estado allí toda mi vida.

—¿Dónde está?

—En Northern Line. Ocho minutos de viaje en tren.

 

Nuestra localización era confidencial, tal vez por temor a las personas que llamarían bombardeándonos por dar información equivocada. Pero hacía más de once años, y desde entonces se habían mudado, supongo que no importaría ya si tú supieras dónde estábamos, ¿verdad? La formación tuvo lugar en el Club de la Liga Asquith, pero mi oficina iba a estar en George Street, al lado de la Biblioteca Hornsby, a unos minutos caminando a pie desde el reloj de agua del centro comercial Hornsby, nuestro punto de reunión de emergencia en caso de incendio.

 

Los suburbios Waitara y Hornsby pertenecen a la verde y frondosa Shire Hornsby, la puerta norte de Sydney, si vas a viajar al norte de la Costa Central o Newcastle. Amplia y extensa con barrios residenciales y bosques de eucalipto, Hornsby Shire se encuentra a 25km del centro de Sídney y a 130 km de Newcastle. Tiene una población de 160.000 habitantes, aproximadamente 22.000 de ellos en el suburbio Hornsby y 11.000 en mi barrio Beecroft.

 

—Me voy a quedar en Lane Cove— se ofreció Sinead—.Eso está en autobús desde St. Leonards. Con los chicos ingleses. Lindsay y Mark y Gareth. Pete, ya sabes, ¿el alto de pelo negro y ojos verdes? Solía ​​viajar con nosotros, pero es tan afortunado que tiene familiares aquí en Roseville. Se queda con ellos sin pagar alquiler. Así que puede darse el lujo de pagar tarifas apropiadas. ¿Lo escuchaste esta mañana? Él es el único norteamericano. Odio cuando comienza a dar lecciones de moral. Paga las tarifas correspondientes. Bebe sólo cuando te lo puedes permitir—dijo ella haciendo una mala imitación de su acento —¿Dónde está la diversión en eso?

 

—Tal vez se preocupa por si te metes en problemas.

—Siempre lo está. Pero es que es un viejo. Tiene veintidós, ya sabes. Todos los demás son menores de veinte años. Vamos, sígueme, te los presentaré—ella se limpió la boca delicadamente con una servilleta de papel—.Tienen curiosidad por ti. La chica muy bonita y callada.

 

¡Oh! ¿Mi silencio me había hecho sobresalir? Qué vergüenza.

 

En poco tiempo me encontré frente a un grupo de chicos. Un tipo alto, rubio y muy guapo estaba de pie junto al estadounidense alto y atractivo. También había un muchacho desaliñado con el pelo castaño y rizado. Otro con cabello rubio muy corto miró con desdén. Me lanzaron miradas inquisitivas. Yo no sabía qué decir.

 

—Esta es Sydney, muchachos—, Sinead nos presentó alegremente—.Kevin. Pete. Gareth. Lindsay. Kevin es australiano.

Asentí con la cabeza a su “hola”, “hey”, “hola”, y “¿cómo estás?”

 

—Te he visto en la estación—  me dijo Lindsay-pelo-corto. Este chico era de mediana estatura, tipo de gimnasio, con ojos grises penetrantes. Descubriría más tarde que nunca, nunca sonreía, aunque a veces se reía. El pelo rubio brillante le cubría sus brazos musculosos—.Pero te pillas el tren desde la plataforma equivocada.

 

—Te equivocas— interrumpió Sinead—.Ella tiene que ir a la línea Norte.

—Únete a nosotros para tomar una copa después del trabajo—, se acercó Lindsay—Y así será la plataforma adecuada.

 

Los miré con recelo.

 

—¿Después del trabajo?— Sinead insistió.

—Mmm, no puedo. Yo no tengo dieciocho años todavía.

 

—Ah, un bebé... Pero eso no es problema— dijo Kevin con una sonrisa asesina devastadora. Más tarde descubriría que él tenía 19 años, un estudiante de Física Pura de la Universidad Macquarie, que le iban las juergas y cambiaba de novia con regularidad—.Nosotros, los adultos, conseguiremos las bebidas— dijo guiñando un ojo.

 

—Todos iremos a alguna parte para estar ebrios— agregó Lindsay.

 

Yo les contemplaba. Tal vez podrían ver a mi aprensión, porque Pete – el “esperma” con el pelo negro azulado – se acercó. El tipo irradiaba calma. No era tan atlético como Lindsay, pero con su altura y magníficos y anchos hombros  irradiaba fuerzan. Y allí estaba la gracia de sus movimientos. Fue por su forma de caminar y por la manera en la que inclinó la cabeza que sentí cómo se me erizaba el pelo en la parte posterior de mi cuello.

 

—¿Alguna vez has estado completamente borracha?— me preguntó con voz muy agradable. Ojos interrogantes y muy, muy atractivos. Hundidos. Con forma exquisita. Cejas hermosas. Largas y gruesas pestañas. Me sentí extasiada, perdida en sus ojos.

 

Negué con la cabeza.

 

—¿Quieres intentarlo?— me preguntó con picardía.

 

Negué con la cabeza, sintiéndome muy, muy preocupada.

 

—Entonces, ¡aléjate de este grupo!

 

Oh… ¿él sólo pretendía asustarme? Por un momento me había llevado una mala impresión de él. ¡Menos mal!

 

—¡Maldito seas, Pete!— Sinead le dio un puñetazo—¡Eres un aguafiestas!

 

Él dio un paso atrás, pero parecía imperturbable.

 

—No le hagas caso. Pete es un aguafiestas, un mojigato santurrón— me dijo Sinead—. ¿En serio? ¿Qué estaba haciendo saliendo con ese mismo lote?—Te convertiremos. Te tendremos arrasando en los pubs con nosotros y rompiendo con todo pronto.

 

—Mírala— Pete advirtió a Sinead—.La has asustado.

—Tú lo hiciste— Sinead replicó.

—No lo hice.

 

—Lo hiciste también. No hay necesidad de forzar tus arraigados valores sobre el resto de nosotros. Ahora ¡date el piro!—Sinead le fulminó con la mirada antes volverse de nuevo hacia mí—¿Sydney? ¡Ven con nosotros! ¡Será francamente divertido!

 

—Yo…—  respiré profundamente—.No creo que lo vaya a intentar. Todavía no. Mmm, no estoy preparada.

 

 

Durante la siguiente sesión de formación  mis ojos seguían lanzándose hacia el bello americano. En un momento dado, él me miró e hizo contacto visual. Me estremecí, pero me negué a apartar la mirada. Él asintió imperceptiblemente.

 

 

Esa tarde vi Sinead y Kevin riéndose juntos en voz alta, con los brazos alrededor el uno de la otra, mientras subían los escalones de la estación de Waitara. Cuando llegamos a la plataforma Pete ya estaba allí arriba, aflojándose el nudo de la corbata.

 

—¿Demasiado calor para ti, amigo?— Kevin le preguntó.

 

—Este es el primer trabajo en el que he tenido que usar una corbata fuera de los Estados Unidos— se quejó Pete.—Cierto que hoy hace calor.

 

—¡Te achicharrarás el mes próximo!— Kevin le informó alegremente, antes de continuar su atroz flirteo con Sinead.

 

Tomé el tren a casa desde la plataforma equivocada, desde Waitara a Hornsby y cambié a un tren de Beecroft. Pensé en la invitación de Sinead. ¿Era yo una cobarde? ¿Cómo iba a tener una vida si era una cobarde? Pero ¿era vida beber por beber?  ¿Cómo de esencial era emborracharse porque sí? ¿Podría una persona divertirse sin alcohol?

 

Si estaban dispuestos a emborracharse totalmente y a tener sexo, ¿también tomarían drogas? ¿Era estar a tope de drogas la única manera de lograr la verdadera liberación? ¿Cuánto duraría? Si me fuera con ellos para ahogar mi dolor, ¿qué garantía habría de que yo no se despertara angustiada como me estaba sucediendo últimamente?

Así es como se hace trampa usando una tarjeta Travelpass Orange

¡El maldito autobús pasó de largo! 

 

 

—¡El maldito autobús pasó de largo!— le grité por teléfono a Nicholas en el mostrador de administración. Aunque no se considera una blasfemia en tierras australianas, antes yo no me atrevía a utilizar ninguna palabrota. Definitivamente bastó el transporte público de Sydney para sacar los tacos fuera de mí.—¡Voy a llegar tarde!

 

—Sydney... no deberías...— esa semana mi turno rotativo comenzó a la hora indecente de las 06:00 a.m. de nuevo—Vas a perder tu bono de asistencia.

 

—Lo sé, lo sé. No puedo evitarlo. Lo siento.

 

Esto fue en diciembre, un sábado por la mañana. Había planeado tomar el autobús N80 porque el primer tren de Beecroft llegaría a Hornsby a las 05:56. Todavía tenía que subir las escaleras de la estación, y cruzar el puente peatonal George Street hasta mi oficina. Ni por casualidad lo lograría.

 

Estaba furiosa con el conductor del N80. Los autobuses Nightride se suponen que están para ayudar a los clientes, mientras que los trenes se paran entre la medianoche y la madrugada. Yo había planeado mi viaje meticulosamente. Pero había estado allí de pie con mi chaqueta brillante, ¡imposible pasar desapercibida! – agitando la mano ¡y el desconsiderado conductor del autobús no me hizo ni caso!

 

¡Las personas que no ayudan no deberían presentarse nunca para ser conductores de autobús!

 

Me senté en el primer tren sintiéndome muy molesta.

En mi miserable oficina sólo pagaban el salario australiano mínimo más bajo. Nos daban diversas gratificaciones si éramos disciplinados y buenos en lo que hacíamos.

 

El bono de Asistencia era tuyo si no te ponías nunca enfermo y no llegabas nunca tarde ni un solo minuto.

 

El bono de Adhesión era tuyo si iniciabas la sesión para recibir llamadas en el minuto exacto en que se suponía que debías hacerlo.

 

Si te monitoreaban, y dabas información precisa de una manera educada, recibías el bono de Calidad.

 

Si habías recibido el bono de Calidad, y tu promedio de tiempo era de menos de 106 segundos, también obtenías el bono del promedio de tiempo en manejo de información.

 

Pero si no pasabas la Calidad, no te daban el bono del promedio de tiempo, no importa lo rápido que manejaras las llamadas.

 

Ese sábado, por causa de un desagradable conductor de autobús, perdí mi bonificación del mes. Eso significaba que mi sueldo no sería en absoluto digno.

 

Como inicié la sesión unos minutos tarde, me di cuenta de que había una taza a prueba de derrames sobre la mesa de ordenador junto a la mía: —Pete. NO TOCAR— Su guapo propietario estaba hablando por teléfono, su voz de tenor sonaba con dulzura, y su tono era encantador. De alguna manera, me tranquilizó un poco.

 

Mi jefe Justin me llamó. Habló durante 15 minutos, porque se vio obligado a amonestarme por llegar dos minutos tarde.

 

Mi estado de ánimo empeoró cuando las víctimas de la línea de vía Pereira se quejaron. Los equipos de mantenimiento estaban obligados a comprobar las pistas de forma regular para evitar accidentes. Siempre había un trabajo de seguimiento en alguna línea cada fin de semana. Excepto en los días de elecciones.

 

Un joven muy grosero gritó: —¿Usted dice que su (bip) autobús de línea de Gosford pasa cada diez minutos? ¡No (bip) la creo! ¿Está usted (bip) segura?

 

—¿Podría hablar educadamente o le gustaría que terminara la llamada?— Y compre un poco de jabón para lavarse la boca. antes de la siguiente llamada.

 

—Simplemente no creo que el autobús pase tan frecuente cuando el tren circula sólo cada media hora— discutió.

 

—El tren cuenta con ocho vagones de dos pisos. El autobús es bastante más pequeño.

 

—Oh.

 

—Sí. Cuando un tren circula, dos mil coches se quedan en casa.—Ya está. ¿Es tan difícil de entender?

 

A continuación:—Quiero ir a Silverwater—demandaba una dama arrogante.

 

—¿A qué parte de Silverwater por favor, señora?

 

—¡Sólo muéstreme cómo llegar allí! ¡Usted debería saberlo! ¿Por qué trabaja allí si tiene que preguntarme a mí?

 

—¿En cualquier parte de Silverwater, señora?

 

—¡En cualquier lugar!

 

Bien. Así que maquiné un plan de viaje para llevarla hasta la calle Holker, cerca de la carretera Silverwater. La dirección de la cárcel de Silverwater. Yo esperaba que fuera muy feliz allí. ¡Que tuviera una buena vida!

 

Pero entonces, una señora más grosera (¡dos seguidas!) quería ir a Frenchs Forest, dirección desconocida.

 

—Pero Frenchs Forest es muy grande, señora. Más grande que la ciudad. ¿Dónde en concreto, por favor? Para que pueda enviarla a la ubicación correcta.

 

—¡Deberías decirme dónde está!— me soltó ella.—¡Es tu deber! ¡Llama a tu supervisor! ¡Ahora!

 

Durante los siguientes veinte minutos ella malévolamente recriminó mi ineptitud y falta de ayuda a Justin. Puesto que se negó a que la pasáramos a USTED DICE, nuestra sección de comentarios, esos veinte minutos se añadieron a mi tiempo de manejo de llamadas. Ahí se me fue mi bono del promedio de tiempo.

 

No se detuvo allí. A continuación, el acosado Justin insistió para asignarme de nuevo y volverla a ayudar, asegurándome que había sido entrenada para hacerlo. A regañadientes, me concedió el dudoso “honor” de asesorarla sobre cada uno de los autobuses que van a Frenchs Forest.

 

—Tengo la intención de comprar una casa en esa zona— ella anunció entonces —.No he decidido en qué calle va a ser. Dependerá de tu consejo.

 

¡Ay, Dios mío!, ¿ahora soy asesor inmobiliario?

 

—¿Qué tal si le enviamos la Guía de los autobuses de la Región para Frenchs Forest, señora? También todos los horarios de los autobuses están allí. Usted puede leerlo con detenimiento y decidir por sí misma.

 

—¡No, no, no! ¡No intentes escaquearte! ¡Te pagan para responder a esta llamada! ¡Así que dime lo que está disponible!

 

Por lo tanto, le leí las salidas y llegadas de cada autobús directo, así como todas las combinaciones de autobuses, tanto públicos como privados – los autobuses de las mañanas entre semana, de las noches entre semana, de las noches de viernes, del sábado por la mañana, de los sábados por la noche, del  domingo por la mañana y de los domingos por las noches.

 

Por supuesto, ella sólo tenía que preguntar, “¿Y dónde podría coger un taxi si los perdiera? ¿Dónde está la estación de tren más cercana y la parada de autobuses principal?”

 

—¿Ha tomado nota de toda esta información?— le pregunté.

 

—Sí, sí, ¡dime el lugar más cercano para coger un taxi ahora mismo!

 

Me moría de ganas de transferirla a un Pizza Hut. Pero yo le había informado debidamente de que la estación de tren más cercana era Chatswood. Luego exigió que le leyera las salidas y llegadas de los trenes y autobuses entre Nightride N90 Wynyard y Chatswood.

 

A continuación tuve que aconsejarle que la central principal de autobuses era Pittwater Rd en Dee Why. Por esto, también, ella me hizo leer el horario del autobús entre 151 Nightride Wynyard y Dee Why. Noches entre semana. Noches de fin de semana.

 

—Correcto— dijo ella después de todo eso—¿Y qué autobús era el que iba directo?

 

—Pero usted dijo que lo había escrito— señora, ¡la voy a matar!

 

—No. No... creo que va a ser mejor si usted me envía la Guía de la Región después de todo. Y, por supuesto, todos los horarios de los autobuses. Por favor, apunte ahora mis datos de correo. Mi nombre es Fu Lyn ...

 

Aparté la vista hacia las calles de Hornsby, visibles desde nuestra pared de vidrio del norte, recordando a Winston de la Escuela Secundaria Pennant Hills. Un brillante chino australiano, era una de las personas más agradables en vida, aun cuando siempre le acosaban con preguntas. Si sólo la Sra. Fu fuera la mitad de agradable.

 

Entonces la Sra. Fu se sintió justificada para poner fin a su llamada con la siguiente despedida: —Estoy muy decepcionada con el servicio de hoy. No es un buen servicio al cliente en absoluto. Al principio tú fingías deliberadamente no saber nada acerca de los servicios en Frenchs Forest para deshacerte de mí. Eres una vaga que intentas escaquearte de tu obligación de proporcionarme información. He hablado con tu gerente y he dado queja de tu negativa para atender a un cliente que necesita ayuda. La gente como tú nunca debería conseguir un trabajo en el servicio al cliente. Eres una vergüenza para tu empresa y para los proveedores del transporte público de Sydney. Me horrorizas.

 

Ella siguió dale que te pego con esta cantinela condescendiente durante los siguientes diez minutos, mientras mi corazón herido estaba gritando,—Papaíto... ¿Puedes verme? ¿Puedes verme ahora? ¿Permitirías que esta persona haga pedazos a tu hija? Papaaa... mírame ahora. ¿Cómo se puede permitir que esto me suceda? PAPAAA... me prometiste estar siempre ahí por mí. Te necesito ahora. Papá, ¡socorro!

 

—Espero que mis palabras te lleguen y te ayuden a mejorar, porque lo siento mucho por todos vuestros clientes. Compadezco a los desafortunados que llaman a este número y que contacten contigo. Nunca antes me topé con una vaga y embustera en el servicio de atención al cliente como tú.

 

Muy completa ella, ¿no? Bla, bla, bla. Ra, ra, ra. La Sra. Fu era simplemente imparable.

 

—Usted es también asquerosamente incompetente. Pierde el tiempo cuando le dan la información, ocupando más de una hora de mi muy valioso tiempo. ¿Sabe que me pagan más de doscientos dólares por hora en mi trabajo? ¿Le importaría compensarme? No lo creo. Espero no volver a hablar con usted otra vez.

 

Llegando al límite de mi decreciente paciencia, colgué la llamada con un alegre: —No se preocupe. ¡Gracias por su llamada!

 

¿Sorprendido? Era obligatorio dar las gracias a las personas que llamaban, incluso a los repugnantes torturadores, o perdías tu bono de Calidad. Yo había llegado a ser tan robótica que incluso colgaba el teléfono en casa diciendo automáticamente—¡Gracias por su llamada!

 

Desconecté el teléfono a pesar de haber perdido mi descanso asignado. ¡Espera bono de Adhesión! Me había atormentado una mujer maliciosa. Me sentía muy mal por mí misma. No tenía a nadie con quien hablar, mientras en alguna parte del mundo mis padres eran completamente felices. ¿Cómo podía ser?

 

Con los ojos arrasados y deprimida, corrí angustiada al servicio de discapacitados. Cerré la puerta, cerré la tapa del inodoro, me senté y lloré. Y lloré.

 

Todo un desastre. Esa era yo. Había estado allí en la oficina todos los días, luchando contra la depresión. Las lágrimas aún brotaban cuando pensaba en mis padres.

 

Tenía miedo de estar sola en casa. Temía mi soledad. Temía mis pensamientos suicidas. Para seguir jugando con una baraja completa, tuve que salir de la casa vacía y seguir trabajando antes de empezar la universidad.

 

Con mi limitado talento y habilidades, apenas ninguna carrera atractiva estaba disponible. Ese trabajo apestaba, pero en esa etapa de mi vida no me sentía preparada para hacer frente a más cambios. No tenía energía mental para entrar en un nuevo entorno de trabajo. O para hacer frente a los extraños despectivos. Tuve que permanecer dentro de la esfera actual porque me sentía más segura con lo malo conocido.

 

Pronto la furia comenzó a moverse y a brillar. Las lágrimas disminuyeron. Estaba enfadada conmigo misma. No debería dejar que la gente hostil me hiciera perder la compostura.  ¿Debería no haber permitido que un tacaño conductor de autobús me hubiera obligado a cruzar? No debería haberme venido abajo cuando los clientes agresivos me insultaban. ¡Yo estaba por encima de todo eso! Nadie, jamás, tendría el poder de hacerme jurar de nuevo. Ningún cliente me haría sentirme mal.

 

¡No lo permitiría!

 

La barbilla levantada. Me enfrentaría a mis problemas. No me escondería, acobardaría, ni me pondría de mal humor. Ellos no me vencerían.

 

Lamentablemente, de las 5.219 llamadas que había tomado, la mayoría de los torturadores eran de mi propio género. Decidí no copiarles. Estaba muy decidida a crecer NO siendo difícil como ellos. Sería buena y sabia. Y no podía esperar para llegar ser una dama maravillosa a la edad de setenta años...

 

Me miré en el espejo y me abatí cuando vi mis ojos rebeldes. Respirando profundamente, traté de suavizar mi expresión.

 

 

 

El centro de llamadas del piso abierto era accesible desde el resto de las habitaciones a través de la recepción, o por la zona siempre llena de descanso con su cibercafé y la sala de tenis de mesa. Me sentía con necesidad de privacidad. Para evadir el interrogatorio de los curiosos compañeros de trabajo, abrí la puerta opuesta.

 

Pete estaba sentado justo frente a mí, con las piernas estiradas en el sofá de cuero negro de la recepción. Me miró a los ojos, examinándome a fondo con cara inexpresiva pero con ojos pensativos. Como siempre, no pude evitar darme cuenta de lo hermosos que eran sus ojos. Junto con el resto del paquete, en realidad. Con corazón caprichoso, saludé con la cabeza y me dirigí rápidamente a la puerta central. Introduje mi tarjeta de la seguridad electrónica y entré.

 

 

 

Nuestra administración estadounidense introdujo un sistema denominado tiempo E. Tiempo justificado. Significaba que los agentes podían tomar un descanso no remunerado o ir a casa antes de tiempo si la planta estaba saturada de personal cuando no estábamos ocupados.

 

No ocupados significaba que no había posibilidad de una fila de llamadas. También que no había eventos especiales, juegos, conciertos, incendios forestales o inundaciones. Que ningún viento salvaje golpeara el cableado de la señal. Ni que ningún alma en pena cometiera suicidio en la vía férrea.

 

En materia de negocios, el tiempo E ahorraba costes. Sólo los agentes dispuestos se prestaban voluntarios a ello. Con un alcance desde los diez minutos hasta varias horas, lo solicitábamos para ir de compras, ver películas en los cines Hornsby, o simplemente para ir a casa.

 

—Las páginas Amarillas— dije con falsa alegría. Ahí fue donde registraron el tiempo E.

 

—No hay acuerdo— respondió el pelirrojo Nicholas. Estaba siguiendo los volúmenes de llamadas y los gráficos que mostraban que estábamos en rojo—.Es sábado, nuestro día más activo. De ninguna manera podemos dar a los agentes tiempo E. Lo siento.

 

Qué mala suerte.

 

El alto y esbelto Justin se acercó a mí con rostro radiante. Algunos gerentes tenía una personalidad agresiva, pero Justin era el tipo amistoso australiano con los pies en la tierra y siempre servicial. Muy alegre, también.

 

—Duro, ¿eh? Pobre Sydney. Lo siento por ti. Algunos de estos clientes son auténticos dolores de cabeza. Hombre, todos os ganáis bien el dinero. La buena noticia es que, a pesar de que puedes haber perdido tu bono de promedio de tiempo por esa llamada larga y el bono de Adhesión al tener que hablar durante tu descanso programado, ¡has pasado definitivamente el de Calidad del mes! Ryan estaba monitoreando tus llamadas entonces. Se quedó muy impresionado por cómo te manejaste con la Sra. Fu. ¡Bien hecho!

 

¡Maravilloso! Mentalmente me di una palmadita en la espalda. Con el bono de Calidad, me había salvado de ser la australiana peor pagada. Oh papá, ¿no estarías feliz por mí?

 

 

 

Me senté y me conecté.

 

Pronto me di cuenta de que mis compañeros de trabajo, quienes en otros días se sentaban en distinto lugar, chismorreaban sobre Sinead. Como Sinead tenía el fin de semana libre en esta lista, sus seguidores no hicieron campamento alrededor mío. A excepción de Pete, quien todavía estaba en su descanso.

 

Una de las chismosas era Monashi. A diferencia de otros agentes indios, Monashi parecía pensar que era genial y muy australiana por usar palabrotas en cada frase. Incluso juraba, mientras presionaba MUTE, cuando las personas que llamaban eran difíciles. ¿Y si los improperios pasaran el botón MUTE y llegasen a los oídos del cliente?

 

—¿Así que nuestros agentes solteros, gerentes y altos cargos han estado yendo a los pubs con frecuencia?— preguntó la anciana Susan.

 

—Sí— aclaró Thomas—.Tenemos bebidas sociales los viernes.

 

—Beber en una noche dura terminará con emparejamiento dentro del grupo— agregó Monashi—.¡Algunas veces ni siquiera (bip) se pueden mirar a los ojos a la mañana siguiente!

 

—¡El emparejamiento agente-manager está en contra de nuestra política de lugar de trabajo!— protestó Susan.

 

—¿Quién va a hacer cumplir la ley a adultos que consienten fuera del horario de oficina?— preguntó Thomas.

 

—¡Sinead bebe muchísimo y f… (bip) de lo más salvaje!— anunció Monashi—¡Todos los chicos están (bip) locos por ella! Todos esperan ver quién va a ser elegido para tener (bip) suerte. Es (bip) patético.

 

—Guau— Susan estaba ojiplática—.Nunca se sabe, ¿verdad? Sinead no es una cualquiera. Aquí ella es muy decente y amable. Sonríe a todo el mundo. Nos respeta a los mayores.

 

—Ella disfruta de sus correrías de mochilera—, apuntó Thomas.—Dijo que iba a la universidad en Dublín y que estaría sobria para entonces.

 

—A ella le gusta elegir sus propios momentos— comentó Susan con buen humor—.Depende de ella con quién quiere beber. O con quién quiere estar después.

 

—Ha sido Jack,— Monashi alegremente impartió su amplio conocimiento sobre la vida privada de otros—.Antes fue Kevin y algunos de los (bip) directivos. Pero Pete está a menudo alrededor de ella en la oficina—una ceja arqueada—.¿Tú crees?

 

Nadie que valorara su libertad podía poseer exclusivamente a Sinead. Me acordé de su coqueteo con Kevin mientras miraba con ojos posesivos. ¿Bebía los vientos por ella? A los agentes extranjeros les encantaba coquetear con la gente del lugar, pero Pete se sentaba con una especie de dignidad inexpresiva cerca de Sinead. Entonces, ¿por qué debería molestarme acerca de la vida de otras personas, cuando tenía la mía propia para vivir? Esto revoloteó por mi mente mientras ellos charlaban. Hasta que Pete regresó a nuestro habitáculo y silenció esta línea de conversación.

 

Observando que Pete sólo se permitía ropa casual para los fines de semana, me acordé cómo él se quejaba de que ésa era la primera vez que se había visto obligado a llevar corbata fuera de los EE.UU.. Distraídamente me pregunté qué hacía trabajando en un centro de llamadas. O, para el caso, en Australia.

 

Y me pregunté lo que mis compañeros de trabajo, amantes de la diversión, estarían haciendo después del curro. Yo odiaba mi soledad, y sin embargo, temía mezclarme con otros. No era fan de mi terrible ser. En mi miseria, me costaba relacionarse con la gente y, al tener diecisiete años, todavía tenía una excusa legal para esquivar la invitación. No quería estar demasiado cerca para ver mi verdadero “yo”. No podía ser como Sinead, quien disfrutaba inmensamente la vida con un montón de amigos. Y con muchos de sus compañeros de cama - al parecer.

 

Yo no juzgo a las personas ni envidio sus elecciones. Antes del divorcio de mis padres, sólo esperaba ser salvada por ese alguien especial que pudiera pasar por casualidad en mi vida. Ya que era obvio que el verdadero amor no existía, ¿no debería salir de fiesta y perder mi virginidad? Eso era lo que mis amigos harían con su libertad, en lugar de sacar fotografías sin parar o estar sentada entre mis rosas dibujando cómics.

 

Pero me faltó coraje. Me aterrorizaba que me lastimaran. Todavía era una cobarde.

 

Con y sin amigos, yo era una perdedora.

 

Sin embargo, una de mis interlocutoras no era una cobarde.

 

—Quiero ser feliz esta noche— ella confesó en un tono muy secreto, de alguien que cuenta una confidencia—.Voy a ir de pubs. Pero si no pillo cacho, ¿es segura la Estación de Campbelltown después de la medianoche?

 

Era un secreto. Yo era la única al tanto de sus pensamientos. ¿Su primera vez para salir? ¿Sola? Sonaba bien, hablando tímidamente sobre su noche salvaje pero decidida a llevarla a cabo. ¿Contra quién se rebelaba ella? ¿Padres estrictos? ¿La venganza contra una pareja infiel? ¿O simplemente para romper con el aburrimiento?

 

 

 

Después de mi turno entré rápido a la estación. Mi línea del tren norte – la línea roja en el mapa ferroviario de Sydney – partía desde Hornsby en la  plataforma 3. Mientras esperaba, vi a Pete bajando las escaleras hacia la plataforma 1 de su tren de North Shore a Roseville. No estaba Sinead ese día. Estaban en listas diferentes.

 

Pete levantó la mano para saludar. Sus hermosos ojos todavía me miraban con evaluación reflexiva. Tuve la impresión de que me estaba tratando de mirar realmente a mí. Mientras aguantaba la mirada con la suya de valoración, me sentí despojada de toda pretensión. El tiempo se detuvo. Me sentía, me vio. Él sabía lo que era la soledad. Sentí que entendía lo que hacía falta para presentar un talante digno cuando lo único que quería hacer era aullar a la luna.

 

¿Me había visto corriendo desde mi habitáculo en un estado terrible? ¿Se había sentado en la recepción esperándome porque estaba preocupado? ¡Qué mortificante! Normalmente yo era prudente y tímida en cuanto a mostrar mis sentimientos a los demás.

 

Me ruboricé cuando salté al subir al tren.

Waratah - la flor de New South Wales

El puerto de Sydney